Realmente no es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero sí es cierto que ahora vivimos la era de las superproducciones multimillonarias donde lo accesorio y prescindible cobra vital importancia relegando a lo primordial a un segundo plano. Estamos en la época en la que un juego sin un motor gráfico epatante está condenado a la indiferencia, que si no tiene un diseño de la acción digno de Michael Bay es un rollo o que si no suena como los ángeles es una basura... aunque luego sea plano y repetitivo, lo mismo da porque es jodidamente espectacular...

En los albores del videojuego, la época en la que las máquinas apenas podían representar personajes pixelados, no tenía demasiada importancia el aspecto visual o sonoro, sino que era vital que el juego tuviese una mecánica y jugabilidad a prueba de bombas. La escasez de medios y las limitaciones técnicas hacían que los diseñadores de videojuegos basasen todo el atractivo de los mismos en esa jugabilidad, en que el juego te retase constantemente y fuese una prueba de habilidad contínua. Hoy día sería impensable que apareciesen juegos como Tetris, Arkanoid, Pang o Pac-Man, serían relegados a jueguchos de tres al cuarto ejecutables en flash, aunque en su época fueron un bombazo. Ahora triunfan juegos muy vacíos por dentro pero envueltos en los más hermosos oropeles, donde los fastos visuales y sonoros tratan de ocultar, y muchas veces lo consiguen, un desarrollo simple, fácil y aburrido. Los videojuegos de hoy día hay que hacerlos cortos y fáciles para que los jugadores los terminen pronto y se lancen a comprar el siguiente.
Las aventuras gráficas o los RPGs de los tiemos pretéritos no tenían autoregeneración, ni flechitas de dirección que te guiasen, no te llenaban los mapas de cartelones brillantes que te indicasen tu objetivo ni te resaltaban los objetos interesantes a recoger. Tenías que buscarte la vida y darle duro a la mollera para salir airoso del paso. Juegos como Dungeon Master, Knight Lore o La Abadía del Crimen eran difíciles de narices, pero esa dificultad los convertía en retos muy adictivos. Poco importaba que su aspecto visual fuese paupérrimo y su sonido nefasto comparado con lo actual, eran terriblemente entretenidos. Hoy día, en una época de jugadores con pensamiento de amebas en la que se le reprocha a un juego que tenga demasiado texto que leer (válgame el cielo), estas antiguallas serían inviables y estoy seguro de que, obviando su apartado técnico, se les pondría a caer de un burro por su altísimo grado de dificultad.
Quizás los más viejos del lugar añoramos los juegos antiguos porque echamos de menos esa sencillez adictiva de todos ellos, porque echamos a faltar que lo verdaderamente divertido sea el juego y no el envoltorio. En fin, qué viejo me siento ahora...
