JC Denton
La Élite to the Max -Bronce-
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« Respuesta #15 : 01 de Noviembre de 2009, 17:19 » |
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Para que vayas abriendo boca, Stargamer, y sepas lo que leerás cuando te puedas comprar los libros de Lovecraft. Son dos relatos relativamente cortos y que no pertenecen al ciclo de Cthulhu, sino más bien a la influencia que tuvo por parte de Edgar Allan Poe: Los Amados Muertos: Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caÃda y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodÃa. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mà es el aroma del ElÃseo. Todo es quietud -terrorÃfica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofrÃos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mÃ!
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatÃa. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseÃa el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenÃa su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabÃan algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tÃotatarabuelo que habÃa sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrÃo, morboso y apático. Mi vida carecÃa de alicientes. Me parecÃa ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecÃa mis actividades y me sumÃa en una inexplicable insatisfacción. TenÃa dieciséis años cuando acudà a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podÃa asegurarse que el pueblo entero acudirÃa en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mà una promesa de inquietudes fÃsicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrÃas colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatÃa y captó mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguà por la estancia hasta el féretro donde yacÃa el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentà sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecÃa provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecÃa cargado de electricidad estática y sentà mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impÃo batiendo contra mis costillas con fuerza demonÃaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. HabÃa llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser fÃsico inundado de mÃsticas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estÃmulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos dÃas habÃa vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, habÃa una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, habÃa vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegrÃa, me habrÃa aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahà que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentà sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudà de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacÃa el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecÃa saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increÃbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabÃa que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasarÃa, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podÃa controlar mis anhelos más de lo que podÃa deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabÃa que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que habÃa una singularidad en mi constitución que sólo respondÃa a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos dÃas más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependÃa, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedà que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre habÃa afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que serÃa el objeto de mi primera lección práctica!.
También él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande -con mucho- que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero habÃa poseÃdo bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud habÃa sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, habÃa perdido sabor para mÃ. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me habÃa hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. AquÃ, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenÃa las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impÃa sensibilidad, y pronto me convertà en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traÃdo al establecimiento significaba una promesa cumplida de impÃo regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los dÃas que no traÃan muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentÃa una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelarÃa que un empleado de pompas fúnebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonarÃa sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre frÃa la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demonÃaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenÃa lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!
Una mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una frÃa losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rÃgido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debÃa irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabÃa de los demonÃacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo lo reafirmarÃa en su creencia de mi potencial locura... resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atrevà a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia... mortales explosiones de histéricas granadas... el monótono silbido de balas sardónicas... humeantes frenesÃes de las fuentes del Flegeton1... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habÃan deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas habÃa un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que habÃa obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mÃsera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatÃa hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartÃan su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvÃa los ambientes de mi juventud habÃa desaparecido totalmente; asÃ, acuciado por algún temerario impulso errante, volvà mis pasos a Bayboro.
AquÃ, también los años habÃan traÃdo cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi habÃa duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existÃa, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe habÃa hecho presa del señor Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatÃdica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el señor Gresham con cierto recelo, pero se habÃa llevado a la tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impÃos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilÃcitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crÃmenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habÃan pasmado a la ciudad años atrás. Una vez más la policÃa lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues... ¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los perÃodos entre mis odiosas explosiones. Comprendà que pisaba suelo resbaladizo, pero el demonÃaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sà lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. SentÃa el espionaje, pero aun asà era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espÃritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policÃa me arrancó de mi demonÃaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer vÃctima, con una ensangrentada navaja todavÃa firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policÃa abrieron grandes brechas en la puerta. Rompà la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpÃan por la destrozada puerta. Huà saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando mÃseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si podÃa llegar a esa meta, estarÃa temporalmente a salvo. Antes del alba me habÃa lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendÃan como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes habÃa ofrecido mis idólatras plegarias debÃan haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. HabÃa eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debÃa haber sido radiada. TenÃa remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no habÃa oÃdo sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habÃan decidido que mi cuerpo yacÃa oculto en alguna charca o se habÃa desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre roÃa mis tripas con agudas punzadas, y la sed habÃa dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espÃritu, hambre del estÃmulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podÃa engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. SabÃa que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagarÃa como una lámpara vacÃa. Reunà todas mis restantes energÃas para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentà la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde habÃa alzado una de las destrozadas ventanas y me habÃa deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrà las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el lugar donde encontrarÃa remedio a mis sufrimientos. Me permità un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño -¿dónde estarÃan?-, bueno, podÃan esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvÃa a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mÃa. Tres silenciosos cuerpos dormÃan para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del dÃa invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos debÃan haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policÃas rurales seguramente relacionarÃa la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez habÃa sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad... las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes vÃctimas. Durante todo el dÃa temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodÃa trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbarÃa de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. HabÃa viajado en un amplio semicÃrculo. Si me esforzaba en lÃnea recta, la medianoche me encontrarÃa en el cementerio donde habÃa enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabÃa, residÃa en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volvà encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partà hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oÃdos captan el todavÃa lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis dÃas en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mà para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodÃas no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demonÃaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espÃritus desfilan ante mà en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...
FIN
El Intruso: Esa noche el barón soñó multitud de desdichas,
Y todos sus guerreros invitados, por sombras y formas,
Por brujas y demonios y grandes gusanos de sepultura,
Se vieron en pesadillas atormentados.
KEATS
Desdichado aquel a quien los recuerdos de infancia no traen sino miedo y tristeza. MÃsero del que vuelve la vista para reencontrar horas solitarias en grandes y tétricas estancias de parduscas colgaduras y enloquecedoras hileras de viejos libros, o rememorar espantadas esperas en umbrÃas alamedas de árboles grotescos, gigantescos, cubiertos de plantas trepadoras, agitando en silencio sus ramas hacia lo alto. Tal es lo que los dioses me otorgaron... a mÃ, el turbado, el decepcionado, el yermo, el quebrantado. Y no obstante me siento extrañamente contento y me aferro con desesperación a esos marchitos recuerdos cuando mi mente amenaza por momentos con llegar más allá, al otro.
Nada sé de mi nacimiento, excepto que el castillo era infiniÂtamente viejo e infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuÂros, con elevados cielos rasos donde el ojo no encontraba sino telarañas y sombras. Las piedras de los ruinosos corredores pareÂcÃan siempre espantosamente húmedas y por doquier flotaba un condenado hedor, como el de cadáveres apilados durante muerÂtas generaciones. Nunca habÃa luz, por lo que empleaba velas para alumbrarme y me demoraba mirándolas atentamente en busca de algún consuelo; no habÃa sol fuera, ya que aquellos terribles árboles crecÃan más alto que la parte superior de la torre accesible. HabÃa una torre negra que descollaba sobre los árboles hasta el desconocido cielo exterior, pero se hallaba parcialmente en ruinas y no podÃa llegarse a ella sino a través de un casi impoÂsible ascenso por la pared vertical, piedra a piedra.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no soy capaz de precisar cuánto. Alguien debió atender mis necesidades, aunque no puedo recordar a nadie que no sea yo mismo, ni nada vivo aparte de las sigilosas ratas y los murciélagos y las arañas. Creo que, quien fuera el que me cuidó, se trataba de alguien terribleÂmente anciano, pues la primera imagen que tengo de una perÂsona viva es la de alguien semejante a una caricatura de mà mismo, aunque tan deforme, marchito y decadente como el casÂtillo. A mi entender, no habÃa nada grotesco en los huesos y esqueletos que colmaban algunas de las criptas de piedra en los subterráneos. Yo asociaba tales cosas de una forma fantástica con los sucesos cotidianos, y los veÃa más naturales que las imágenes coloreadas de seres vivos que descubrà en muchos de los mohoÂsos libros. Todo cuanto sé lo aprendà en esos libros. Ningún maestro me azuzo ni me condujo, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años una voz humana... ni siquiera la mÃa, pues aunque habÃa leÃdo sobre la conversación, nunca intenté hablar en voz alta. Mi apariencia fÃsica me resultaba igualmente desconocida, ya que no habÃa espejos en el castillo, y yo sencillaÂmente me creÃa, de forma instintiva, parecido a las juveniles figuras que veÃa dibujadas y pintadas en los libros. Estaba conÂvencido de ser joven debido a los pocos recuerdos que guardaba.
Fuera, cruzando el foso putrefacto, me tendÃa a veces bajo los árboles oscuros y silenciosos y soñaba por espacio de horas con lo leÃdo en los libros, y me imaginaba anhelante entre aleÂgres multitudes, en el mundo iluminado por el sol que se encontraba más allá de la fronda interminable. Una vez intenté escapar del bosque, pero conforme me alejaba del castillo las sombras iban haciéndose más oscuras y el miedo se colmaba de un espanto acechante; asà que volvà corriendo frenético antes de perderme en un laberinto de silencio nocturno.
Asà que yo soñaba, esperando entre interminables crepúscuÂlos, aunque no sabÃa el qué. Luego, en mi sombrÃa soledad, el ansia de luz se volvió tan frenético que no pude aguardar más, y alcé suplicante las manos hacia la solitaria torre negra en ruinas que se remontaba sobre el bosque hacia el ignoto cielo exterior. Y al fin me decidà a escalar esa torre, aun a riesgo de caer, ya que preferÃa vislumbrar el cielo y morir que vivir sin contemplar jamás la luz del dÃa.
En el húmedo crepúsculo ascendà por la vetusta y destartaÂlada escalera hasta llegar al punto en que cesaban, y de ahà en adelante me aferré en precario a pequeños asideros que llevaban arriba. Aquel cilindro de piedra sin escaleras resultaba espectral y terrible; negro, ruinoso y desolado, más siniestro aún por culpa de los murciélagos sobresaltados cuyas alas no despertaban sonido. Pero todavÃa más espectral y terrible resultaba la lentitud del avance ya que, por mucho que subiera, la oscuridad sobre mi cabeza no menguaba, y sentà un nuevo estremecimiento, como si me encontrase en un túmulo fantasmal y venerable. Temblé preÂguntándome por qué no aparecÃa la luz y, de haberme atrevido, hubiera vuelto la vista abajo. Supuse que la noche me habrÃa alcanzado repentinamente y tanteé en vano, buscando con la mano libre el alféizar de una ventana a través de la que poder mirar fuera y en torno, e intentar calcular la altura alcanzada.
Entonces, tras una eternidad de espantoso y ciego reptar por ese precipicio cóncavo y desesperanzador, sentà que tocaba algo sólido con la cabeza, y supe que habÃa alcanzado el techo, o al menos alguna especie de piso. Alcé la mano libre en la oscuridad y palpé el obstáculo, hallándolo pétreo e inamovible. Entonces tuvo lugar un mortÃfero circundar de la torre, agarrándome a cualquier asidero que pudiera ofrecerme el resbaladizo muro, hasta que al fin, tanteando con la mano, sentà ceder la barrera y pude volver a subir, empujando la losa o trampilla con la cabeza mientras utilizaba ambas manos para el temible ascenso. Arriba no apareció luz alguna y, elevando las manos, supe que mi ascenso habÃa concluido por el momento, ya que la losa era la trampilla de una abertura que llevaba a una superficie de piedra de mayor circunferencia que la torre de abajo, sin duda el suelo de alguna estancia alta y amplia. Fui deslizándome cautelosaÂmente a su través, intentando impedir que la losa volviera a caer en su hueco, pero fracasé. Mientras yacÃa exhausto en el suelo de piedra, escuché los fantasmales ecos de su caÃda, pero confié en ser capaz de volver a alzarla cuando fuera necesario.
Suponiéndome ahora a prodigiosa altura, muy por encima de las malditas ramas del bosque, me arrastré por el suelo busÂcando con las manos las ventanas, esperando ver por primera vez el cielo y la luna y las estrellas sobre las que tanto habÃa leÃdo. Pero me vi defraudado en mi búsqueda, ya que todo lo que encontré fueron unos grandes estantes de mármol sosteniendo odiosas cajas ovaladas de un tamaño perturbador. Cuanto más lo pensaba, más me preguntaba sobre qué arcanos secretos podÃa albergar esta elevada estancia, separada durante tantos eones del castillo inferior. Entonces, inesperadamente, mis manos dieron con una puerta encastrada en un umbral de piedra, tosco y cubierto de extrañas tallas. Tanteando, la encontré cerrada, pero con un supremo esfuerzo conseguà forzarla, haciéndola abrirse hacia dentro. Al hacerlo, me alcanzó el éxtasis más puro que jamás haya conocido, ya que, brillando tranquilamente a través de una ornada cancela de hierro, más allá de un breve pasillo de piedra con escalones que subÃan desde el portal recién franqueaÂdo, se encontraba la radiante luna llena, nunca antes vista sino en sueños y vagas visiones que no me atrevo a llamar recuerdos.
Creyendo ahora haber alcanzado la cima del castillo, remonté el puñado de peldaños que partÃa de la puerta, pero el súbito velado de la luna por el paso de una nube me hizo trastaÂbillar, y me movà más despacio en la negrura. Estaba muy oscuro cuando llegué al enrejado... que probé cuidadosamente, enconÂtrándolo abierto; pero no lo franqueé por miedo a caer desde la tremenda altura alcanzada. Entonces volvió a salir la luna.
El golpe más demonÃaco es el procedente de lo abismalÂmente inesperado y de lo grotescamente increÃble. Nada de lo antes soportado podÃa compararse en terror con lo visto en ese instante, con los estrafalarios prodigios que tal visión implicaba. El panorama en sà mismo era tan simple como impactante, ya que se trataba sencillamente de esto: que en vez de una vertigiÂnosa perspectiva de copas de árboles divisados desde gran altura, a mi alrededor se extendÃa, al nivel de la reja, nada menos que el suelo firme, nivelado y salpicado de losas de mármol y columnas, ensombrecido por una iglesia de piedra cuyo campanario en ruiÂnas resplandecÃa de forma espectral a la luz de la luna.
Medio desmayado, abrà la verja y me tambaleé por el camino de grava blanca que iba en dos direcciones. Mi mente, aunque aturdida y sumida en el caos, aún guardaba una frenéÂtica ansia de luz, y ni siquiera el fantástico prodigio que habÃa tenido lugar podÃa detener mi búsqueda. Ni siquiera sabÃa o me preocupaba el saber si aquello era locura, sueño o magia, pero estaba resuelto a contemplar a toda costa el resplandor y la aleÂgrÃa. No sabÃa quién o qué era, ni dónde me hallaba; pero al proseguir titubeando adelante me hice consciente de una especie de recuerdo espantosamente latente que implicaba que mis pasos no habÃan sido totalmente fortuitos. Salà de aquella zona de lápidas y columnas a través de un arco, y fui deambulando campo a traviesa, siguiendo a veces el camino, otras abandonánÂdolo para cruzar curioso por praderas donde ruinas ocasionales hablaban de otro camino, ya olvidado. En cierta ocasión vadeé un torrente junto al que restos musgosos y caÃdos hablaban de un puente derrumbado mucho tiempo atrás.
Debieron pasar unas dos horas antes de que llegara a lo que parecÃa ser mi meta, un venerable castillo cubierto de hiedra en mitad de un parque frondosamente arbolado; inquietantemente familiar y a un tiempo ajeno en una forma que me dejaba perÂplejo. Vi que el foso estaba lleno y que algunas de las familiares torres estaban caÃdas, mientras que nuevas alas habÃan surgido para confundir al observador. Pero eran las ventanas abiertas lo que yo contemplaba con gran interés y delicia... gloriosamente resplandecientes de luz, dejando escapar los sones del más encantador de los festejos. Llegándome a una de ellas, me asomé y vi una concurrencia ataviada de forma extraña; se divertÃan y hablaban animadamente entre sÃ. Creo que nunca antes habÃa oÃdo voces humanas, y tan sólo podÃa conjeturar vagamente lo que se decÃa. Algunos rostros mostraban expresiones que desperÂtaban en mà recuerdos increÃblemente remotos; otros me resulÂtaban completamente ajenos.
Entonces, por la baja ventana, accedà a la estancia brillanteÂmente iluminada y, apenas hacerlo, pasé del breve instante de esperanza a la más negra convulsión de desesperanza y entendàmiento. La pesadilla se desató instantáneamente; apenas entrar, tuvo lugar uno de los más terrorÃficos sucesos que jamás haya podido concebirse. No bien habÃa cruzado el antepecho, se abatió sobre la concurrencia un repentino e inesperado espanto de la más terrible intensidad, demudando los rostros y provocando los más horribles gritos jamás surgidos de garganta alguna. La huida fue masiva, y entre gritos y pánico algunos se desvanecieÂron, siendo arrastrados por quienes escapaban enloquecidos. Muchos se cubrÃan los ojos con las manos y se abalanzaban cieÂgamente adelante, tropezando torpemente en su fuga, volteando muebles y yendo a chocar contra los muros antes de alcanzar alguna de las numerosas puertas.
Los gritos resultaban estremecedores, y mientras me queÂdaba sólo y aturdido en la brillante estancia, escuchando ecos que se desvanecÃan, temblé con la idea de que podÃa haber junto a mà algo que no hubiera visto. La habitación se mostró desierta en una somera inspección, pero al llegar a una de las alcobas creà detectar allà una presencia, un atisbo de movimiento del otro lado del arco dorado que llevaba a una habitación similar. Al aproximarme al arco comencé a distinguir con más claridad la presencia y entonces, con el primer y último sonido que haya pronunciado jamás –un alarido espectral que me sacudió casi tanto como la repugnancia despertada por el ser nocivo que lo causaba–, contemplé con espantoso detalle la monstruosidad inconcebible, indescriptible e inmencionable que, con su mera presencia, habÃa convertido una alegre concurrencia en un hato de enloquecidos fugitivos.
Ni siquiera me atrevo a insinuar su aspecto, ya que resultaba el compendio de todo lo sucio, estrafalario, nefasto, anormal y detestable. Era la necrótica sombra de decadencia, decrepitud y desolación; el fantasma pútrido y goteante de insalubre revelaÂción. Sabe Dios que eso no pertenecÃa a este mundo –al menos, ya no–, aunque, para mi espanto, descubrà en sus rasgos consuÂmidos y sepulcrales una horrenda y obsesionante parodia de ser humano, y en su mohosa y degenerada apariencia alguna indeciÂble cualidad que me estremecÃa aún más.
Me encontraba casi paralizado, aunque no tanto como para no hacer un débil intento de escapar; un traspiés atrás que no llegó a romper el hechizo en que el indescriptible, el innombraÂble monstruo me tenÃa preso. Mis ojos, embrujados por las vidriosas esferas que acechaban espantosamente en su interior, rehusaban cerrarse, aun cuando se hallaban piadosamente velaÂdos, y, tras una primera impresión, mostraban a aquel ser terriÂble sólo de forma turbia. Traté de interponer la mano para oculÂtar la imagen, pero tan aturdidos estaban mis nervios que el brazo rehusó obedecer mi voluntad. El intento, empero, fue suficiente como para desequilibrarme, haciéndome titubear unos pasos para no caer. Al hacerlo me percaté, repentina y agóÂnicamente, de la proximidad de aquel ser inmundo, cuyo sordo y odioso resollar creà oÃr. Casi enloquecido, fui entonces capaz de tender una mano para protegerme de la fétida aparición que tan cerca estaba y, en un cataclÃsmico segundo de cósmica pesaÂdilla e infernal accidente, mis dedos rozaron la putrefacta zarpa que el monstruo habÃa tendido bajo el arco dorado.
No chillé, pero todos los espÃritus demonÃacos que cabalgan el viento gritaron por mà en el preciso instante en que brotó en mi interior un sencillo y fugaz recuerdo capaz de aniquilar el alma. En ese segundo recordé cuanto fui; recordé antes del espantoso castillo y los árboles, y reconocà el alterado edificio en el que me hallaba; y, más terrible que todo lo demás, reconocà a la infeliz abominación que me miraba mientras yo apartaba mis dedos mancillados de los suyos.
Pero en el cosmos hay tanto bálsamo como amargura, y ese bálsamo es la nepenta*. En el supremo horror de ese segundo olvidé cuanto me espantaba, y el estallido de negra memoria se desvaneció en un caos de imágenes retumbantes. Como en sueÂños huà de ese sitio fantasmal y maldito, corriendo rápida y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando regresé al campoÂsanto de mármol y descendà los peldaños, encontré inamovible la trampilla de piedra, pero no me pesó, porque odiaba el antiÂguo castillo y los árboles. Ahora frecuento a los burlones y amiÂgables demonios del viento nocturno, y juego durante el dÃa entre las catacumbas de Nephren-Ka, en el prohibido e ignoto valle de Hadoth, en el Nilo. Sé que la luz no es para mÃ, excepto la de la luna sobre las pétreas tumbas de Neb; ni tampoco otras alegrÃas que las de los indescriptibles festejos de Nitokris bajo la Gran Pirámide, aunque en medio de mi nuevo salvajismo y libertad casi darÃa la bienvenida a la amargura de la soledad.
Pero aunque la nepenta me haya calmado, tengo siempre presente que soy un intruso; forastero en este siglo y entre quieÂnes aún son hombres. Es algo que sé desde que tendà mis dedos hacia la abominación que aguardaba en el interior del gran marco dorado; tendà mis dedos y toqué una frÃa y tersa superficie de cristal pulido.
* Droga que, según los antiguos, borraba todos los recuerdos en los que la consumÃan.
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